E-Negocios

Internet y la nueva economía
Roberto Hernández Montoya  17.07.00 03:38 p.m.

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Durante la virginidad de Internet era tabú enriquecerse a través de ella. Estaba subsidiada por los estados y nunca ha sido ético lucrarse del estado republicano. Internet había sido percibida solo por las universidades y unas pocas empresas, es decir, por la gente que la estaba inventando. Apple, Microsoft, Warner et al. la descubrieron en el último momento útil, cuando ya el tren dejaba la estación y se apresuraron entonces de emergencia a ejecutar una operación de abordaje, con no pocos saltos ornamentales. La avidez se mezcló con los bits y todo cambió para siempre. ¿Todo cambió? ¿Para siempre? Cuánto quisiera estar seguro. De esa perplejidad quiere tratar este artículo.

¿Anarquía benigna?

Alguna vez creímos que Internet sería lo que prometía y hasta más de lo que prometía. Sigue siendo cierto, pero con matices que tal vez sean más que matices. Entre las promesas estaba aquella utopía de una comunidad global de participantes moleculares que tendrían idénticos derechos. Ese sueño precede a Internet; está consignado en aquel principio de «un hombre, un voto» de la Revolución Americana y luego la Francesa, recogido luego en todos los sueños democráticos hasta la novísima Constitución Bolivariana de Venezuela de 1999.

Pero ¿cómo admitir ese principio comparando el poder de Bill Gates con el de casi cualquier otro ciudadano del mundo? Parecido ocurrió en Internet. «Todos los animales son iguales», decían en la granja de Orwell, «pero hay animales que son más iguales que otros». Así los internautas: no es lo mismo Yahoo! que tu sitio personal en GeoCities.

Lo mismo sostiene la tesis de que la mano invisible regula el mercado, que, me han asegurado, es piadosa y apiadable, pues no es lo mismo fundar una empresa nueva de computación vendiendo una motoneta y un televisor en blanco y negro para comprar cuatro PCs que ser Microsoft en la vida. No hay comparación. Lo decía Anatole France: «La ley es justa: prohíbe a todos dormir bajo los puentes». Cierto: la ley es justa, lo que no es justo es el contexto en que impera la inexorable ley.

Se suponía que Internet sería una anarquía benigna. Lo es casi siempre, pues permite que el mercado se fragmente en trizas cada vez más pequeñas, minuciosas y puntillosas, en donde hay quien exige cosas que solo a ella se le ocurren o solo él ha pensado, como cuando no había industrias sino artesanos y las relaciones humanas eran de persona a persona o discurrían en pequeños grupos, pues no había esta masa que venimos siendo en donde un solo juego de fútbol es visto por miles de millones. Pero esa posibilidad está contrariada por el hecho de que cada internauta está obligado a compartir esa afabilidad con leviatanes que tienen treinta millones de visitas diarias, lo más parecido a la televisión unilateral y masiva de siempre, lo más apartado de esa relación menuda que permite Internet.

Las noticias, pues, son confusas: puedes competir en el mercado, pero tienes que enfrentar masas críticas cuya gravitación debes contrapesar con ventajas comparativas que tal vez no lleguen a todos tus clientes potenciales. Tal vez diseñas camisas y tu principal diferencia con Tommy Hilfiger es que cada una de tus prendas es única. Pero en Internet te pasa lo mismo que en la plaza: ¿cómo puedes competir con los millardos que Tommy invierte en publicidad? El peso de esos leviatanes es tal que su gravitación puede absorberte como un abismo negro.

—Pequeño: Te compro tu negocio; puedes y debes quedarte en la gerencia, porque en realidad no me interesan tus activos sino tu idea y tu talento, pero ahora tienes que operar para el grupo de empresas que te sorbió.

A la vuelta de la esquina te llaman para otro destino dentro de las entrañas del monstruo y terminas ubicado donde no puedes ni debes ni quieres estar porque no sabes ni te interesa ni comprendes tu nuevo cometido. Así pasó a Marc Andreessen, el creador de Mosaic y luego de Netscape. Cuando AOL compró a Netscape con Andreessen dentro del paquete, lo pasaron a Jefe de Tecnología, de donde por alguna razón desertó y ahora está en numerosas empresas. Por su lado Netscape sigue dando los tumbos que los que lo usamos, ay, conocemos muy bien —no me paso para Explorer porque es peor que Netscape. Sic transit gloria mundi, ‘así transcurre la gloria de este mundo’. Así acaban muchas empresas pequeñas y exitosas, fagocitadas por los grandes. Otras veces la empresa pequeña ingurgita a la grande: como cuando Apple Computer compró a NexT para copiarle el sistema operativo NeXTSTEP. Con NeXT regresó Steve Jobs, que terminó de nuevo como presidente de Apple —de donde nunca debió salir—, dirigió el diseño de la iMac y salvó la empresa. Pero son casos raros. ¿Cuántas veces una empresa grande compra una pequeña solo para engavetarle una tecnología más avanzada que pone en peligro a la grande? Apple misma salió del garaje para convertirse en un gigante y terminar al borde de la quiebra cuando la ausencia de Jobs la fue llevando de un presidente incompetente a otro hasta que Jobs regresó con su genialidad y su mal carácter.

¿De vuelta a casa?

Tampoco se está cumpliendo otra promesa que se suponía que iba a ocurrir solo porque Internet la hace posible: el trabajo en casa. La urbe tradicional con su hacinamiento se apartaría para dejar pasar a comunidades dispersas, bucólicas, sin embotellamientos de tránsito, sin puñaladas en callejones sórdidos, sin encallecimiento de los servicios. Tendríamos más tiempo para la gente querida y no tendríamos que invertir las horas de nuestra corta vida en el ejercicio de humildad y paciencia que requieren las autopistas esclerosadas de las horas punta.

He tenido suerte porque trabajo así y cuando tengo que ir a la oficina lo hago a pie a pocas cuadras de mi hamaca, caminata que de paso me sirve de ejercicio. Pero entiendo que no ha sido masiva la incorporación a este género de arreglo. La copresencia de compañeros de trabajo sigue siendo imposible de sustituir por las redes. Tal vez será posible cuando estas sean más seguras y sus recursos más nutridos. Pero mientras esa promesa se da, tendremos que esperar el momento mágico en que todos podamos trabajar como yo, a cualquier hora, muchas horas, en mi hamaca, con mi PowerBook, dentro de mi espacio, cabe mis pantuflas, sin corbata, a través de mi email, mi ICQ, mi teléfono. Así que, amigo Toffler, otro día será.

¿Trabajar pensando?

La nueva economía tal vez no sea tan nueva. Lo único cierto es el paso del buey al pensador.

En 1911 Frederic Winslow Taylor sostenía que el trabajador industrial no necesitaba más idiosincrasia mental y física que la de un buey. Hoy el trabajador que predomina es un productor y administrador de conocimientos, con su propincuidad a la libertad de espíritu y que encuentra en Internet su pradera más propicia. Quizás Internet ha prosperado gracias al imperio de ese nuevo trabajador pensante. Tal vez, recursivamente, ese obrero meditabundo hizo posible la Internet. Ahora se trabaja pensando, pero ¿pensando en qué? Pierre Lévy habla de una inteligencia colectiva, pero dadas estas tendencias implosivas en grandes conglomerados económicos, vulgo monopolios, tal vez termine siendo más colectiva que inteligente...


roberto@analitica.com
RHM, Breve teoría de Internet.
Nelly Lejter, Del argumento del buey al reto del talento.
Pierre Lévy, l’Intelligence collective, París: La Découverte, 1997.
Alvin y Heydi Toffler, Las diferencias cruciales. Conceptos claves de la nueva economía.

 


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